GESTIONAR LO INTANGIBLE: LO QUE NO APARECE EN EL ORGANIGRAMA
Hoy me gustaría compartir algunas reflexiones sobre esa capa
de las organizaciones que a menudo no se ve, pero que está constantemente
presente. Esa capa que podríamos llamar intangible o invisible.
Desde una mirada clásica de gestión de las organizaciones,
solemos distinguir los siguientes ámbitos: por un lado, la gestión estratégica,
ámbito en el que se define la misión y las grandes líneas de futuro de las
entidades; y por otro, la gestión operativa, que se enfoca en hacer posible el
día a día de la actividad. Entre ambos ámbitos, encontramos a menudo un nivel
intermedio, de coordinación, que actúa como puente entre la estrategia y la
operativa.
Ahora bien, más allá —y también más allá de esta división
bastante simplista— hay otra capa que atraviesa todos estos ámbitos. Una capa
que impregna el conjunto de la organización, una capa intangible, y que no
siempre es fácil de poner en palabras.
Es la capa que aparece cuando desplazamos la mirada hacia
las personas y las relaciones. Hacia el interior de los equipos.
La mirada hacia las personas y los equipos
Cuando adoptamos esta mirada, nos preguntamos: ¿qué pasa
dentro de un equipo? ¿Cómo se sienten las personas que lo forman? ¿Qué
dinámicas y patrones de relación operan allí?
Nos preguntamos también: ¿A qué contribuyen estas dinámicas?
¿Qué promueven? ¿Qué limitan? ¿Qué miedos o resistencias hay detrás? ¿O qué
ilusiones o sueños emergen?
Esta dimensión individual y colectiva influye,
inevitablemente, en la manera en que los equipos se relacionan entre ellos
dentro de la organización. Y aquí vuelven a aparecer las mismas preguntas, pero
a otra escala: ¿Cómo se sienten los distintos equipos? ¿Qué dinámicas se
establecen entre ellos? ¿Qué está funcionando y qué no? ¿Qué se está evitando?
¿Qué se está sosteniendo? ¿Qué se está deseando?
Si seguimos tirando de este hilo, llegamos al conjunto de la
organización. Y quizá desde aquí podamos empezar a entender por qué una
organización se comporta de determinada manera, por qué avanza, se estanca o
retrocede en relación con su propósito y su misión.
La importancia de poner atención
Poner atención a esta capa invisible es clave. Poner
atención tiene mucho que ver con estar cerca de las personas y de los equipos
que gestionan, deciden y sostienen la organización.
Estar cerca significa, antes que nada, estar: mirar a los
ojos, preguntar, escuchar, entender y acompañar aquello que las personas,
individual o colectivamente, identifican como dificultad.
Estar cerca también implica ayudar a regular el ritmo de los
equipos. A veces hará falta bajar pulsaciones, respetar tiempos y procesos.
Otras, quizá será necesario acelerar para facilitar tomar decisiones difíciles
que no es saludable alargar indefinidamente.
Y estar cerca significa también intentar sentir aquello que
no se dice, ver aquello que no se muestra. Y con toda esa información, a menudo
sutil y a veces incómoda, dar apoyo: apoyo para mejorar aquello que no está
funcionando o apoyo a lo nuevo que se está construyendo.
Trasladar esta mirada atenta hacia la toma de decisiones y
hacia la acción es una manera de acompañar el buen funcionamiento de las
organizaciones, y también una manera concreta de cuidar a las personas que
forman parte de ellas.
¿Es imprescindible este acompañamiento?
Con los años he ido viendo que esta manera de acompañar no
es estrictamente imprescindible. Las organizaciones pueden funcionar sin
prestar atención a esta capa intangible. Ahora bien, los resultados que
emergen, la fluidez con la que se generan y el nivel de bienestar que se
respira tienen mucho que ver con la profundidad, la constancia y la mirada
atenta con que esta capa es acompañada.
Así pues, la pregunta que me planteo es:
¿Cómo se hace sostenible todo esto, en el día a día de
las organizaciones?
No tengo ni la respuesta ni la fórmula mágica. Y no sé ni si
debe existir, pero sí algunas intuiciones de cómo podría articularse, fruto de
la experiencia y de algunos casos donde esta manera de hacer ha dado buenos
resultados.
Cuando hablamos de sostenibilidad organizativa en relación
con esta función, hay al menos tres cuestiones clave:
¿Quién debería desarrollar esta función?
En primer lugar, es importante que sea una función
reconocida. Entendida como necesaria e integrada dentro del liderazgo que se
quiere promover. No puede recaer en una sola persona ni quedar en la periferia
de la organización. Debe estar presente en distintos niveles y poder
coordinarse cuando sea necesario. Aquello que no se integra en la estructura
acaba no impregnando la cultura.
¿Con qué dedicación y profundidad?
Ni la dedicación ni la intensidad son constantes. Habrá
momentos con necesidad de parada, momentos de “re”: repensar, reorganizarse,
replantear, reconectar con el sentido… Y otros momentos más orientados a
pequeñas revisiones que permitan asegurar que personas y equipos están y se
sienten donde deben estar.
¿Es una función interna o externalizable?
Debe ser claramente una función interna dentro de las
organizaciones. Debe formar parte del ADN de la organización, de su cultura, de
su estilo de liderazgo y de su manera también de cuidar a las personas
trabajadoras. Ahora bien, puntualmente puede ser muy valioso contrastar,
revisar o compartir esta función con profesionales externos que conozcan
profundamente la organización, sus valores, las personas que forman parte de
ella y su manera de entender el sentido de lo que hace.
Para terminar
Mirar y gestionar esta capa invisible no es un lujo ni un
añadido, sino una manera diferente de entender el funcionamiento organizativo:
más relacional, más interconectada y, probablemente, más sostenible.
Cuando esta mirada se integra en el día a día, las
organizaciones no solo funcionan mejor hacia dentro, sino que también se
posicionan de otra manera hacia fuera, en relación con su ecosistema y con la
sociedad.
Quizá esta podría ser una de las claves para avanzar más
colectivamente hacia propósitos compartidos.
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Foto de Svitlana Shakalova en Pexels

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